Rickey Henderson está listo para el Salón de la Fama

NUEVA YORK (AP). Desde el principio, Rickey Henderson siempre pareció tener prisa.

Luego de nacer anticipadamente en el asiento trasero de un Chevrolet 1957 cuando su madre y padre corrí­an hacia el hospital, Henderson ha hecho muchas cosas a una velocidad relampagueante.

Con los dedos inquietos dentro de sus guantes de bateo de color verde brillante, concentraba su mirada como un rayo láser en la siguiente base y ¡zuuum!, a la larga logró batir la marca de robos de base. Cuando lo hizo, levantó la almohadilla y se proclamó a sí­ mismo "el más grande de todos los tiempos".

Además impuso la marca de carreras anotadas, al arrancar hacia el plato con la cabeza baja y barrerse de bruces hacia él.

Henderson cumplió 50 años el dí­a de Navidad. Probablemente habrí­a bromeado para sí­: "Rickey podrí­a seguir jugando". Y es posible que aún pudiera hacerlo.

En tanto, el Salón de la Fama lo espera. Casi es seguro que entrará en él el lunes cuando sean anunciados los resultados de las votaciones de la Asociación de Periodistas de Béisbol de Estados Unidos.

"Deberá obtener por lo menos el 98% de los votos", comentó el ex serpentinero Dennis Eckersley, un integrante del Salón de la Fama, que cerró algunos de los partidos que Henderson ayudó a ganar a Oakland.

"Es el mejor pelotero con el que he jugado, y lo hice durante 24 años", agregó Eckersley.

Henderson ya casi tiene un pie dentro de Cooperstown, pues el Salón de la Fama cuenta con 16 artí­culos que documentan su carrera, entre ellos sus spikes, algunas gorras, pelotas y un par de anteojos de sol.

Y ciertamente también están las historias que lo caracterizaban. De vez en cuando se paraba desnudo frente al espejo del vestuario y se repetí­a una y otra vez "Rickey es el mejor". Siempre se referí­a a sí­ mismo en tercera persona.

Además, solí­a guardar fajos de dinero en efectivo en su almohada, lanzaba besos al público desde el cí­rculo de espera antes de batear y solí­a sostener conversaciones con aficionados en el jardí­n izquierdo.

Todas ellas son ciertas, o la mayorí­a cuando menos.

Henderson conectó un doblete en su primer turno al bate en Grandes Ligas en 1979, bateó un sencillo y se robó la segunda en su segundo turno. Se despidió del béisbol de manera parecida, pues su último paso en un partido de Grandes Ligas fue cuando pisó el plato al anotar una carrera para los Dodgers en el 2003.

En los dos años siguientes Henderson anduvo por las ligas menores. Seguí­a esperando una nueva oportunidad, y mientras tanto disfrutaba el puro placer de practicar el deporte y compartir su amplio conocimiento del béisbol con peloteros mucho menores que él.

Nunca anunció formalmente su retiro, pero finalmente en el 2007 consideró que habí­a concluido su labor.

"He terminado, realmente", dijo Henderson en un partido en San Francisco. "Es una de esas cosas en las que le agradezco al buen Dios que pude jugar todo el tiempo que lo hice y que pude terminar de hacerlo de manera saludable. Tuve mucho desgaste".

Por cierto, ese dí­a atrapó un batazo de foul mientras estaba sentado en las tribunas.

Henderson, quien parece haber nacido para correr, robó en una ocasión 20 bases en una doble cartelera cuando estaba en secundaria. Posteriormente estafó siete en un partido de Categorí­a A.

Partió de las Grandes Ligas con 1.406 bases robadas _50% más que Lou Brock, quien marcha segundo_ y anotó 2.295 carreras. Asimismo, era el lí­der en pasaportes recibidos hasta que a los equipos les dio miedo lanzarle a Barry Bonds.

Conectó el imparable 3.000 de su carrera el dí­a que Tony Gwynn jugó su último partido. Henderson deseaba quedarse en la banca como señal de respeto a su venerado compañero de equipo.

Fue ví­ctima del ponche 5.000 de Nolan Ryan y quiso correr con la pelota hacia la lomita para felicitar al afamado serpentinero texano. "Si él no te ponchaba, entonces no eras nadie", agregó Henderson.

Unos años más tarde la cosa no fue tan cordial. Molesto con su comportamiento irreverente, Ryan lo derribó con un pelotazo por debajo de la barbilla en un Juego de Estrellas.

Solí­a dar un saltito caracterí­stico cada vez que conectaba un cuadrangular, y se convirtió en el primer bate más prolí­fico de la historia al iniciar un total de 81 partidos con sendos jonrones.

Henderson, 10 veces invitado al Juego de Estrellas, ganó el premio al Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 1990. Su porcentaje de por vida para embasarse fue de .401, y en una ocasión logró pisar las almohadillas en la primera entrada de 15 partidos consecutivos.


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