Para beisbolistas dominicanos, doparse es riesgo con recompensa

SAN PEDRO DE MACORIS, República Dominicana (AP). Un monumento al béisbol recibe a los visitantes de esta ciudad conocida como "la cuna de campocortos". En San Pedro de Macorí­s, los niños crecen jugando pelota en terrenos próximos a ingenios de azúcar.

Bernardino Jiménez fue uno de ellos, y terminó como ví­ctima de su propio sueño.

Desesperado por sacar a su familia de la pobreza, el espigado infielder hizo caso a un agente que le hizo inyectar una mezcla de sustancias que según le aseguraron eran vitaminas. Estaban equivocados.

Tras firmar con una sucursal de los Diamondbacks de Arizona el año pasado, un examen a Jiménez comprobó la presencia de Boldenone, un esteroide que se emplea para los caballos, y fue sancionado con una suspensión de 50 partidos.

"Ellos (los Diamondbacks) me dijeron que podí­a haber viajado a Estados Unidos para jugar, pero este problema me atrasó", declaró Jiménez, de 19 años, tras tomarse un descanso de una práctica de bateo cerca de la humilde casa que comparte con seis hermanos, dos sobrinos, su madre y una tí­a.

El caso de Jiménez es tí­pico de un patrón alarmante en este paí­s que es una de las principales canteras de jugadores del béisbol profesional.

De los 69 jugadores en ligas menores en Estados Unidos que fueron suspendidos por consumo de sustancias prohibidas en 2008, casi dos tercios (42) salieron de la liga de verano de la República Dominica, un programa instruccional para peloteros latinoamericanos que se alojan en complejos cuyos dueños son los clubes de las mayores. Este año, 31 de los 71 sancionados en las menores salieron de la liga de verano dominicana.

En las mayores, donde los escándalos por consumo de drogas para mejorar el rendimiento han sido pan diario durante la última década, jugadores con raí­ces dominicanas han estado en el ojo de la tormenta.

Sammy Sosa y Manny Ramí­rez han sido acusados, de acuerdo con reportajes en el diario The New York Times, de figurar en la lista de más de 100 jugadores que presuntamente dieron positivo durante controles de prueba realizados hace seis años. David Ortiz admitió que el sindicato de jugadores le informó que su nombre estaba en la lista y Alex Rodrí­guez, tras un artí­culo publicado por la revista Sports Illustrated, dijo que usó esteroides cuando formó parte de los Rangers de Texas entre 2001-03. Rodrí­guez dijo que un primo obtuvo una sustancia que identificó como "boli" en la Dominicana.

Si los jugadores dominicanos aparecen más en los escándalos, se debe en parte al hecho de que su presencia se ha disparado en las nóminas de los equipos. Con 81 de los 818 inscritos al inicio de la temporada, la Dominicana se encuentra sólo detrás de Estados Unidos en cuanto a procedencias.

Mientras algunos prospectos estadounidenses han sido sorprendidos usando sustancias prohibidas, lo más seguro es que tendrá otras alternativas para ganarse la vida en vez del béisbol.

Para un chico dominicano, el uso de drogas ofrece la posibilidad de un jugoso contrato.

La Dominicana es un paí­s donde una cuarta parte de sus 9,7 millones de habitantes viven en la pobreza. Los esteroides, las hormonas de crecimiento, anfetaminas y otras sustancias prohibidas pueden provocar diversos problemas de salud, que van desde infertilidad hasta males cardí­acos, pero es un riesgo que se toma ante las carencias.

El béisbol de Grandes Ligas es un pasaporte a la riqueza. Luminarias como un Pedro Martí­nez regresan tras la temporada vistiendo trajes de Dolce & Gabana y autos de lujo.

Cuando firmó su primer contrato, Jiménez se embolsó un bono de 55.000 dólares con Arizona. Incluso tras pagarle la comisión a su representante, Jiménez se quedó con un monto de dinero que a su madre le hubiese tomado por lo menos 14 años acumular en su trabajo cosiendo ropa en una fábrica que exporta a Estados Unidos.

"La única forma de salir de la pobreza en este paí­s es jugando pelota, por eso la gente está dispuesta a hacer lo que sea para llegar", declaró Leandro Sepúlveda, un empresario de San Pedro de Macorí­s que fue el agente y entrenador de Jiménez.

Un problema es que las drogas están al alcance con mucha facilidad, al venderse sin receta en las farmacias y tiendas veterinarias, aunque redoblados controles en meses recientes han provocado que algunos negocios tengan menos interés en ponerlas a la venta.

"No tenemos control sobre los muchachos. Tratamos de ayudarles y darles la educación necesaria, pero el asunto es que ellos viven en diferentes sitios (cuando no están jugando)", afirmó Orlando Dí­az, el director de la liga dominicana de verano.

La liga está tratando de poner la casa en orden. Desde 2003 se trata de enseñarle a los muchachos sobre los riesgos y los peloteros deben someterse a tres controles de orina al azar por temporada.

Los castigos de 50 juegos de suspensión se pusieron en vigencia en 2007 y el aviso ha empezado a repercutir.

"Los peloteros saben que si dan positiva aquí­, pueden perder sus carreras", declaró Pablo Peguero, el jefe de los cazatalentos de los Gigantes de San Francisco en Latinoamérica.

Las mayores saben que el uso de sustancias prohibidas es de más fácil acceso en la Dominicana que en Estados Unidos, donde la normativa se ha reforzado y muchos suplementos requieren receta desde enero de 2005.

"Creemos que serí­a de ayuda que la estructura legal en la Dominicana fuese similar a la nuestra en cuanto a la regulación de las sustancias", dijo Rob Manfred, el vicepresidente ejecutivo de las mayores para asuntos laborales.

El impacto que tiene el béisbol en la Dominicana es enorme.

San Pedro de Macorí­s, de donde Jiménez es oriundo, ha producido por lo menos 73 jugadores de las mayores, incluyendo Sosa, Alfonso Soriano, Tony Fernández y Robinson Canó.

Jiménez creció en las afueras de San Pedro, en un batey. Así­ es como se conocen las comunidades rurales de los cortadores de caña dominicanos y haitianos. Fue ahí­ donde aprendió a fildear y pronto se corrió la voz de que poseí­a "las herramientas".

No tardó mucho tiempo para que Jiménez llamara la atención de los llamados "buscones", como se denomina a los individuos que con una gama diversa de funciones se convierten esencialmente en el único lazo del jugador con los clubes. Algunos son ex peloteros que organizan pruebas en parques en Santo Domingo, pero otros son oportunistas sin experiencia. Todos tienen el mismo norte: la comisión, a veces más de la mitad, por el contrato inicial que a veces supera el millón de dólares.

Jiménez acabó con Sepúlveda, un empresario que apenas le saca ocho años más de edad, sin experiencia como jugador, pero que le ofreció alojamiento gratis y tres comidas diarias bajo un techo de concreto.

"Yo estudié ingenierí­a civil y trabajo en construcción. Pero desde hace como cuatro años me metí­ en esto de la pelota porque aquí­ hay dinero", indicó Sepúlveda, quien también representó a Miguel Cedeño, un pitcher que firmó con los Astros de Houston.

Aquí­ es donde los dos están de acuerdo. Jiménez asegura que una prima de Sepúlveda, una enfermera, le inyectaba un suero para que rindiese mejor al jugar. Aunque Sepúlveda le dijo que se trataba de una vitamina, el prospecto cree que las inyecciones tení­an los esteroides que propiciaron su suspensión.

"Yo no sabí­a lo que me estaban poniendo. Ellos me decí­an que era complejo B y yo solamente dejaba que me la pusieran", dijo Jiménez.

Sepúlveda niega haber hecho algo malo e insiste que sólo le suministraba a sus clientes vitaminas y el suplemento con proteí­nas MegaMax, cumpliendo con la lista de sustancias prohibidas de las mayores.

Pero también reconoció que otros "buscones" pueden mentir sobre la edad de un jugador para conseguir el mayor monto posible en el primer contrato.

"En este paí­s todo el mundo tiene sus mañas, tú no ves como son los polí­ticos", indicó Sepúlveda.

Tras el positivo y la suspensión, los dos se dejaron de hablar. La suspensión le costó a Jiménez la parte final de la pasada temporada y el inicio del actual, perdiendo 1.000 dólares en salario, pero sobre todo tiempo valioso para afinar sus atributos como jugador.

Ahora, Jiménez dice que no se arriesga a nada. Con el fin de la temporada, practica cinco dí­as a la semana con amigos, sin usar ningún tipo de sustancia. Su nivel repuntó, particularmente en defensa con un promedio de fildeo en la posición de campocorto que subió de .855 el año pasado a .955 en el actual.

"Cuando viaje (a Estados Unidos) lo primero que voy a hacer es llevarme a mi hermana para allá. Yo sé que todaví­a puedo llegar", dijo Jiménez


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