Deportes 7 de agosto 2008 - 12:00hs

Inmaculada versión olí­mpica de Beijing esconde la realidad

BEIJING (AP). Todo empezó cuando el puesto de venta de fideos favorito de mi colega Steve tuvo que cerrar. Poco después desaparecieron la señora que vendí­a paletas y el verdulero gritón cerca de mi apartamento.

Eso no fue todo. Hace pocas semanas, el viejo complejo de apartamentos frente a mi casa fue rodeado por un muro de planchas de metal de tres metros (10 pies). El muro tapa también varios negocios pequeños que venden de todo, desde pan hasta repuestos de bicicletas.

La Beijing que ven los visitantes y los televidentes durante los Juegos Olí­mpicos no es la Beijing que yo conozco. Es una versión desinfectada y retocada, sin sus encantos naturales ni su ritmo frenético. Los organizadores de los juegos transformaron la ciudad en su afán por montar una justa perfecta.

Desde que me radiqué en Beijing hace 16 meses, me he dado cuenta que uno de los atractivos de la ciudad es que está llena de contradicciones y no se preocupa demasiado por caerle bien a la gente.

Es una capital antigua que se renueva constantemente. Es el corazón cultural de China, pero está llena de clubes de hip-hop, que reciben multitudes de muchachos que beben té verde mezclado con whisky. En el barrio céntrico donde vivo, a menudo veo bebés con el trasero al aire, carritos tirados por caballos y pollos en las aceras.

Esa es la verdadera Beijing. En la Beijing de los Juegos Olí­mpicos, la mitad de los autos no pueden circular y muchos trabajadores y estudiantes del interior fueron enviados de vuelta a sus sitios de origen para reducir la contaminación y el congestionamiento. La ciudad está inusitadamente tranquila, como en los dí­as feriados.

Se suspendieron los trabajos en casi todas las obras de construcción. Las gigantescas maquinarias que funcionaban las 24 horas del dí­a están silenciosas. Desde mi departamento yo solí­a ver unas 30 grúas y ahora apenas seis.

Las autoridades han hecho todo lo que está a su alcance para ocultar las obras que no están terminadas. Las armazones de los edificios en construcción están cubiertas por láminas gigantescas decoradas con imágenes de los atletas olí­mpicos o por escenas forestales. Una estructura de Wangfujing, famoso centro comercial de Beijing, fue cubierta con una cortina pintada que hace pensar que hay un edificio terminado.

Se les dio uniformes a los conductores de taxis, con corbata y todo. Y créame, uno jamás confundirí­a a un chofer de taxi con un empleado de oficina en Beijing.

La señora a la que Steve le compraba fideos es una de miles de vendedores callejeros que fueron erradicados, porque se consideró que no eran una imagen positiva. Y los restaurantes ofrecen súbitamente menús con comidas en inglés cuyas traducciones fueron avaladas por las autoridades.

El carrito de la señora de los fideos desapareció hace semanas del sitio que ocupaba a la vuelta de la oficina de AP en Beijing. Por tres yuanes (unos 40 centavos de dólar) uno compraba unos fideos frí­os mezclados con tiras de pepinos y pedacitos de tofu, condimentados con pasta de ajonjolí­, salsa de soja, vinagre, aceite de chile, abundante ajo y una salsa especial.

Steve Wade, nuestro redactor deportivo, comí­a dos porciones de esos fideos todos los dí­as. "Si uno va a su casa y la madre cocina algo realmente bueno, uno no come un plato, come dos", explicó Steve.

Aunque he estado escribiendo sobre los juegos desde hace un año, las justas parecí­an algo intangible y distante, hasta que notamos que la señora que vendí­a fideos ya no estaba. Entonces comprendí­ que los juegos se nos vení­an encima.

"Estaremos de vuelta en dos meses", dijo un hombre que vendí­a helados use tuvo que ir. El individuo, que se identificó como Chu y no quiso dar su apellido, criticó al gobierno por su obsesión con cambiarle la imagen a la ciudad.

"Cuando otros paí­ses montan los juegos, lo hacen por el dinero. Pero en China lo único que importa es las apariencias", se quejó.

Pocos dí­as después de hablar con esta reportera, Chu se fue a su ciudad natal, Chengde, el noreste de Beijing. También se fueron el verdulero que vendí­a manzanas, duraznos y rodajas de piña por la noche desde una bicicleta en la playa de estacionamiento del complejo donde vivo.

Mucha gente está esperando que se terminen los juegos para que todo vuelva a la normalidad y desaparezcan los muros que tapan parte de la ciudad, detrás de los cuales aún late la verdadera Beijing.

FUENTE: Agencia AP

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