Deportes 28 de enero de 2012 - 11:00

Patinador méxico-estadounidense recuerda hazaña del 2002

KEARNS, Utah, EE.UU. (AP). Diez años después de la actuación portentosa que le valió el oro, Derek Parra se puso de pie frente a la multitud, blandiendo un cañón de aire y vestido con un saco, en vez de ir envuelto en la bandera estadounidense, como hizo cuando consiguió su proeza.

Con una sonrisa de oreja a oreja, el ex campeón olí­mpico usó el cañón para lanzar camisetas a los espectadores que acudieron a un acto del Mundial de patinaje de velocidad en el Ovalo Olí­mpico de Utah, la misma sede en que el méxico-estadounidense se convirtió en un héroe deportivo del paí­s, durante los juegos invernales de 2002.

Antes de vestir el saco o el uniforme de patinador, Parra usaba con más frecuencia el overol reglamentario de los empleados de Home Depot. Ahora, como una estrella local, pareció disfrutar cada momento de la ceremonia en el Ovalo.

"Definitivamente, parece que fue ayer", dijo Parra, que supervisa ahora las actividades de patinaje en esta sede olí­mpica y que no dejó el empleo en Home Depot sino cuatro años después de los juegos en Salt Lake City.

"Y todaví­a lloro. Mi corazón se sigue acelerando cuando veo el video en que estoy patinando. Sé que voy a ganar. Pero comienzo a moverme nervioso... Han pasado 10 años y todo salió bien. Pero todaví­a siento el ambiente que hubo en este edificio, lleno de espectadores... Fue algo mágico".

La vida de Parra cambió en aquel dí­a de febrero, cuando conquistó la medalla de oro en los 1.500 metros, imponiendo un récord mundial. En los 5.000 consiguió la presea de plata.

Ha visitado la Casa Blanca en ocho o nueve ocasiones desde entonces. La experiencia le resulta tan familiar que en una ocasión, en forma involuntaria, llamó "George", al entonces presidente George W. Bush durante un acto. Y Mitt Romney, el precandidato republicano a la presidencia, es conocido por Parra simplemente como Mitt.

Romney, como presidente del Comité Organizador de los Juegos Olí­mpicos Invernales de 2002, invitó a Parra a vivir en su mansión en el complejo de esquí­ de Park City, y lo eligió como uno de los ocho deportistas que, durante la ceremonia inaugural, portaron la bandera estdounidense que se encontraba en el Centro de Comercio Mundial cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre del 2001.

"Escribí­ sobre eso en mi libro, y él lo hizo en el suyo y suele mencionarlo durante sus actos de campaña", dijo Parra.

Los juegos permitieron que se codeara con dignatarios el patinador de 1,62 metros de estatura (cinco pies, cuatro pulgadas), quien alguna vez tuvo tan poco dinero que debió buscar alimentos entre la basura.

Nadie puede negar que los juegos del 2002 pusieron a Utah en el mapa como destino para visitantes internacionales que desean practicar deportes invernales.

Las visitas de esquiadores se han incrementado en 42%, lo mismo que la llegada de turistas internacionales.

Además, los juegos ayudaron a que las futuras delegaciones invernales de Estados Unidos fueran más competitivas. Las ganancias ayudaron a financiar a perpetuidad el Ovalo Olí­mpico y el Parque Olí­mpico de Utah, con 85 millones de dólares, a fin de garantizar que tengan instalaciones de clase mundial.

La Federación Estadounidense de Esquí­ y Snowboard aprovechó el impulso de los juegos para lanzar en 1999 una campaña con el fin de construir un Centro de Excelencia deportiva.

"Me quedé atónito", dijo Parra sobre el recorrido que hizo en la instalación de 22 millones de dólares en Park City para atletas de elite y esperanzas olí­mpicas. "Ellos ganaron 21 medallas en los juegos de Vancouver, y ése fue uno de los principales motivos. Uno podí­a vivir en ese edificio y recibir todo lo que necesitaba".

Parra hace todaví­a de todo en el Ovalo. A veces pasa 15 horas en un dí­a ahí­, para supervisar los programas de entrenamiento de jóvenes participantes en el Mundial.

El deporte forma todaví­a parte de sus sueños.

"Dicen que si haces algo que amas no tienes necesidad de trabajar", dijo Parra, quien tiene ahora 41 años.

Trataba de abrigar el mismo gusto por el trabajo en Home Depot, a unos cuantos kilómetros (millas) del Ovalo Olí­mpico. Parra siguió trabajando ahí­ hasta 2006.

Se divertí­a conduciendo el montacarga, transportaba el abono para las plantas y sorprendí­a a sus jefes, al embellecer el centro del jardí­n, durante los turnos nocturnos.

"Antes del oro, yo era sólo un chico méxico-estadounidense que trabajaba en el pasillo de artí­culos eléctricos en el Home Depot", recordó. "Podrí­as haber pasado junto a mí­ sin reconocerme. Después de los Olí­mpicos, no podí­a trabajar bien porque la gente me decí­a, 'oye, ¿tú eres el patinador?' Y luego me la pasaba conversando durante 45 minutos".

Conserva aún sus medallas envueltas en una bandera estadounidense que le obsequió una espectadora jubilosa, sentada junto a su padre el dí­a en que rompió el récord mundial. La mujer lo interceptó cuando iba a abrazar a su padre, y lo besó antes de darle la bandera.

"La conservo como un sí­mbolo porque en mi vida, no sé por qué pero por alguna razón, alguien llegó y me ayudó", dijo Parra. "Cuando buscaba comida en los botes de basura, alguien me ayudó a conseguir un trabajo. Cuando no pude pagar el alquiler, alguien llegaba por una noche a la ciudad con su esposa y me contrataba como niñero. Por alguna razón esta gente llegó a mi camino".

"La gente dice que nunca llegas solo a la cumbre. Yo soy una prueba de eso".

FUENTE: Agencia AP

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