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Otros deportes -  7 de febrero de 2018 - 10:55

El largo camino recorrido de Chamonix-1924 a Pyeongchang-2018

Pyeongchang alberga desde el viernes 9 de febrero los XXIII Juegos Olímpicos de Invierno, sin ningún parecido a los primeros de Chamonix-1924, en Francia, aunque los valores defendidos por Pierre de Coubertin, renovador del olimpismo a finales del siglo XIX, siguen vigentes en la nieve y el hielo.

El barón francés estaría orgulloso si viera que estos Juegos han servido para limar ciertas asperezas entre las dos Coreas, que desfilarán juntas en la ceremonia de apertura y formarán un equipo unificado en el torneo femenino de hockey sobre hielo.

Pero todo ha cambiado en el Olimpismo un siglo después de aquellos Juegos de 1924. Estos XXIII Juegos de Invierno de Pyeongchang serían irreconocibles para los pioneros de Chamonix.

Las redes sociales, el despliegue de la televisión y muchos otros adelantos han ido constituyendo una verdadera revolución para este evento que mueve millones de dólares y es seguido por miles de millones de personas en todo el mundo.

En 1924, la Semana Internacional de Deportes de Invierno de Chamonix no pudo tomar el nombre de Juegos Olímpicos porque los países escandinavos se oponían, temiendo que hicieran sombra a sus Juegos Nórdicos.

Treinta años después de los primeros Juegos de Verano, en Atenas-1896, llegó la versión en hielo y nieve, en 1924, aunque solo un año después el Comité Olímpico Internacional (COI) reconoció implícitamente esa Semana de Chamonix como los primeros Juegos de Invierno de la historia.

Los organizadores de los Juegos de 1932 en Lake Placid tuvieron que afrontar las consecuencias de la Gran Depresión de 1929.

Los Juegos de 1936 en Garmisch-Partenkirchen se celebraron en pleno nazismo, inaugurados por Adolf Hitler y los de 2002 en Salt Lake City superaron un escándalo de corrupción.

- Aparición de los derechos de televisión -

En 1960 en Squaw Valley (Estados Unidos), la aparición de los derechos de retransmisión televisiva hizo entrar a los Juegos en una nueva era, en la que la televisión se convertía en un socio tan inevitable como exigente para el COI.

Los caprichos del clima dieron muchos quebraderos de cabeza a los organizadores, entre temporales, ráfagas de viento mortales y avalanchas de nieve apocalípticas. Los cañones de nieve y las pistas de patinaje cubiertas redujeron considerablemente esas preocupaciones.

Muchos dicen que el olimpismo vendió su alma hace cuarenta años, rindiéndose a los encantos de las sirenas del márketing y los negocios. Durante mucho tiempo, el COI y su expresidente Avery Brundage lucharon contra la intrusión del dinero, pero éste ganó el pulso, con todos los riesgos que implica.

Ese dinero llevó en muchos casos como consecuencia un recurso al dopaje y Rusia fue la más señalada, acusada de dopaje sistematizado, lo que hizo que fuera excluida para los Juegos de Pyeongchang y solo algunos de sus representantes estarán como neutrales en la cita surcoerana.

Ese dopaje estructurado hizo que las 33 medallas ganadas por Rusia en Sochi-2014, liderando el tablero final, quedaran reducidas a 20, perdiendo además cuatro de sus trece oros y quedando en cuarta posición en la clasificación por países.

Aunque el 1 de febrero el TAS le devolvió nueve medallas de aquellas trece, recuperando el primer puesto en el medallero.

Tras ese rostro más oscuro de los Juegos subsisten a pesar de todo los campeones y sus hazañas. Clas Thunberg, Sonja Henie, Johan Groettumsbraaten, Toni Sailer, Jean-Claude Killy, Jayne Torvill y Christopher Dean, Eric Heiden, Katarina Witt, y más próximos, Vreni Schneider, Ingemar Stenmark, Bjoern Daehlie, Alberto Tomba, Ole-Einar Bjoerndalen y Janica Kostelic quedarán como ejemplo de generaciones pasadas y futuras.

Esos magníficos campeones son la valiosa herencia legada por los Juegos de Invierno al olimpismo.

FUENTE: AFP

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