Con la mirada fija en la de su rival, los bíceps y las venas del cuello hinchados por el esfuerzo, los dos luchadores esperan tomados de la mano el pitido del árbitro antes de aplastar la muñeca del adversario. Una pulseada empieza en un club de Shanghái.
Pero esta disciplina se ha convertido en un deporte de pleno derecho en el gigante asiático, que cuenta con clubes en más de un centenar de ciudades, asegura Ye Ming, fundador de la Asociación Shanghai de Pulseada.
Cerca de un centenar de luchadores participaron recientemente en el 7º campeonato de la metrópolis china, que reivindica su primer puesto en el país en la clasificación de la Professional Armwrestling League, la federación mundial con base en Estados Unidos.
"El pulso es una manera de darse la mano y de comunicarse cara a cara", dice Ye Ming, un zurdo que ocupa la cabeza de la clasificación.
Si China está por detrás de Estados Unidos, Japón y Europa en cuanto a número de practicantes, es en el gigante asiático donde esta disciplina crece más rápido, según Ye Ming.
A sus 37 años y sus gafas sobre la nariz, Ye Ming no tiene a priori nada que le pueda identificar con un campeón del pulseo.
Durante el día, trabaja en una biblioteca, con una misión delicada: la restauración de antiguos manuscritos de varios siglos de antigüedad.
De naturaleza corpulenta, durante su infancia, Ye Ming casi nunca fue derrotado al echar un pulso, en combates informales.
No fue hasta hace ocho años, después de ser diagnosticado con una enfermedad cerebral, cuando se pasó a la práctica de la pulseada deportiva con el fin de recuperar fuerzas, fascinado por una disciplina que requiere un esfuerzo de todo el cuerpo, canalizado a través del brazo.
Con una buena técnica y una buena mentalidad, "un flacucho puede aplastar a un tipo musculoso", explica.
- Intimidad y complejidad -
"Al principio, la gente se siente atraída por el corto momento de intenso esfuerzo que salta a la vista. Es eso lo que les atrae hacia nosotros. Pero una vez que están dentro, es la complejidad del deporte y el ambiente íntimo lo que les retiene".
Desde su creación en 2012, el club de Shanghái ha pasado de cuatro a más de 500 miembros, entre ellos cuatro mujeres, con edades comprendidas entre los 17 y los 63 años.
Se reúnen una vez por semana para trabajar la técnica, en unas mesas dotadas de unas zonas acolchadas donde se pone el codo y de unas empuñaduras a cada lado para agarrarse con la mano que queda libre.
Entre los miembros del club, Li Rongyi perdió el uso de una pierna cuando era niño tras sufrir polio. Quedó discapacitado para practicar muchos deportes, pero no para echar pulsos.
"En la lucha de brazos no hay discriminación", dice sonriente este profesor de inglés, que lleva compitiendo en esta disciplina desde hace siete años.
"Seguiré mientras siga teniendo manos. Me siento igual que los demás", asegura.
Desde el año pasado, este profesor es también árbitro internacional. Como muchos aficionados, sueña con ver su deporte en el programa de los Juegos Paralímpicos.
"Estamos tratando de cambiar la percepción del público", explica. "Es un deporte como cualquier otro, no solo un pasatiempo".
FUENTE: AFP